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4 herramientas para alcanzar la felicidad, según la neurociencia

De acuerdo al Dr. Alex Korb, postdoctorado en neurociencia de la Universidad de California (UCLA), existen 4 claves que generan una espiral ascendente que inducen a que nos sintamos más felices y satisfechos con nuestras vidas; todo lo cual se encuentra respaldado por una interesante serie de estudios en el campo de la neurociencia.

01/01/1970

De acuerdo al Dr. Alex Korb, postdoctorado en neurociencia de la Universidad de California (UCLA), existen 4 claves que generan una espiral ascendente  que inducen a que nos sintamos más felices y satisfechos con nuestras vidas; todo lo cual se encuentra respaldado por una interesante serie de estudios en el campo de la neurociencia.

A continuación, revisaremos esta claves una a una:

1. Hacernos esta pregunta clave frecuentemente:

En ocasiones, sin poder evitarlo, nos sentimos culpables o avergonzados. Muchas veces, contrario a lo que podríamos suponer, esto ocurre porque la culpa y la vergüenza activan el centro de la recompensa del cerebro.

En palabras del doctor Korb: A pesar de sus diferencias, el orgullo, la vergüenza y la culpa activan los mismos circuitos neuronales, incluyendo la corteza prefrontal dorsomedial, la amígdala, la ínsula y el núcleo accumbens. Esto explica por qué somos tan dados a cargarnos con culpa y vergüenza: se activa el centro de la recompensa del cerebro. Y además, nos preocupamos mucho también. ¿Por qué? En el corto plazo, la preocupación hace que el cerebro se sienta un poco mejor (al menos hacemos algo con nuestros problemas).

En efecto, la preocupación puede ayudar a calmar al sistema límbico (que es el encargado de dar la respuesta emocional a las cosas que nos ocurren), al aumentar la actividad en la corteza media prefrontal, y al disminuir la actividad en la amígdala. Esto puede parecer contraintuitivo, pero nos muestra que si sentimos ansiedad, el hacer algo al respecto –aunque sea preocuparnos– es mejor que hacer nada.

El problema es que andar todo el día preocupados, avergonzados o sintiéndonos culpables, difícilmente encaja con sentirnos felices, ni ayuda a resolver creativamente los problemas que nos aquejan. Más bien al revés, puede conducir a estados depresivos y la parálisis. ¿Qué nos sugiere la neurociencia para combatir esta tendencia? Sugiere hacernos frecuentemente la siguiente pregunta: ¿De qué estoy agradecido?

¿De qué sirve? Sucede que la búsqueda de razones para sentirnos bien con nuestra vida, nos ayuda a elevar los niveles de dopamina en el cerebro. Pero no sólo eso. Sino que también eleva los niveles de serotonina. La dopamina es un neurotransmisor asociado al refuerzo y la motivación a través del placer, y la serotonina está asociada a la inhibición de la ira, la regulación del sueño y del apetito, y también a la sensación de placer y tranquilidad después del orgasmo.

Y aún si no hay mucho de qué estar agradecido, lo que importa es la búsqueda, pues al tratarse de una forma de inteligencia emocional, con el mero hecho de practicarla, se produce un incremento en la densidad neuronal en las áreas asociadas, lo que hace más eficiente el proceso. En otras palabras, mientras más veces pensamos en qué estar agradecidos, más fácil es encontrarlo y sentirse mejor.

Y no sólo eso: al dar las gracias, se produce un retroalimentación sumamente positiva con quienes nos rodean, por lo tanto es una doble ventaja, tanto para nosotros, como para los demás.

Una advertencia: Sonya Lyubomirsky, una de las más reconocidas científicas en el campo de la psicología positiva, advierte que esta práctica, si bien muy positiva, debe usarse con moderación: obligarse demasiado frecuentemente a listar las cosas de las que estamos agradecidos, o exigirse listar un número demasiado alto de ellas, puede volverse abrumador y hacernos sentir que no tenemos suficiente de qué estar agradecidos, volviéndose en nuestra contra.

2. Darle nombre a los sentimientos negativos:

Según el estudio Putting Feelings into Words (Dándole nombre a las emociones), cuando se siente una emoción, se activa la zona llamada amígdala en el cerebro. Sin embargo, cuando esta emoción se nombra, se activa la corteza ventrolateral prefrontal, y se reduce la reacción de la amígdala. Por lo tanto, darle nombres, reconocer nuestras emociones, reducen su impacto.

En cambio, reprimirlas, no es la mejor idea que uno puede tener. Según los estudios de K.Ochsner, de J.Gross y muchos otros, al reprimir una emoción, esta tiende a reaparecer, porque su resurgimiento es un mecanismo de alivio de la presión emocional por parte del cerebro.

Por lo tanto, una buena forma de enfrentar esas emociones negativas, es reconocerlas. Y aún más, asociarlas a abstracciones, a símbolos. Por ejemplo, a través de la meditación.

Si quieres saber más al respecto, este otro artículo, ya exploramos a fondo cómo gestionar mejor nuestras emociones.

3. Tomar decisiones:

Al tomar una decisión, se activa nuestra corteza prefrontal y se reducen la preocupación y la ansiedad. Además, al hacerlo, se contribuye a encontrar soluciones a nuestros problemas, y nuestro sistema límbico se calma.

Pero, ¿qué tipo de decisiones debemos tomar? No es necesario que tomemos una decisión perfecta. Basta con que tomemos una decisión que consideremos suficientemente buena, pues con ello ya se libera el estrés al que se somete la corteza prefrontal en su búsqueda de soluciones.

¿Y en ese sentido, por qué es bueno tomar decisiones? Porque, aparentemente, aunque las cosas buenas ocurran porque sí, para el cerebro es más satisfactorio que haya una decisión voluntaria entre medio. Y esto se debe a que al hacerlo, se produce mayor liberación de dopamina en nuestro cerebro, que si no hubiera ninguna decisión.

Por lo tanto, como conclusión, desde este punto de vista, es mejor tomar decisiones sobre lo que hacemos, y no dejar que las cosas simplemente ocurran.

4. Tocar a las personas. Onda, literamente.

El rechazo produce dolor. No, no sólo dolor emocional. El rechazo activa los mismos circuitos neuronales que el dolor físico, específicamente una zona llamada corteza cingulada anterior. Por lo tanto, en varios aspectos, para el cerebro no hay demasiada diferencia entre una pierna quebrada… y un corazón roto. Hay un parentesco a nivel neuronal entre ambos sufrimientos. Como vemos, para el cerebro es importante relacionarse con otros.

Pues bien, resulta que una de las mejores formas de liberar oxitocina (que está relacionada con el parto, la lactancia, el orgasmo y con la construcción de relaciones de confianza y generosidad), es a través del tacto. Sí, de tocar al otro. No se trata de andar toqueteando a todo el mundo, pero basta con un apretón de manos o un palmoteo en el hombro, para liberar la respuesta. Y se trata de una respuesta placentera, que incluso disminuye la sensación de dolor físico.

¡Y mejor aún si se trata de abrazos! Resulta que recibir un abrazo de 20 segundos, mejora nuestra condición cardíaca y nuestra sensación de felicidad en general.

O por último, pueden darse un masaje. Eleva la serotonina, disminuye el estrés y eleva los niveles de dopamina, y asimismo, libera oxitocina y endorfinas. 

Fuente: AEPSAL

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